- abril 9, 2026
En el marco del 9 de abril, Día Nacional de la Memoria y Solidaridad con las Víctimas, recordamos que detrás de cada cifra hay historias de vida marcadas por la violencia, pero también por la resistencia, la dignidad y la capacidad de reconstruirse. La historia de Yolima Pereira es una de ellas. Una historia que refleja las huellas del desplazamiento, el miedo y la exclusión, pero también los caminos posibles hacia la transformación, la esperanza y la paz desde lo cotidiano.
En Tumaco, donde el mar y la selva conviven con las huellas del conflicto armado, Yolima Pereira aprendió desde muy joven lo que significa resistir.
A sus 33 años, se describe como una mujer extrovertida, guerrera y resiliente. No es una forma de hablar. Es el resultado de una vida atravesada por el miedo, el desplazamiento y, también, por la capacidad de volver a empezar.
Creció en una familia grande, unida, de esas donde no solo se comparte el techo, sino la vida entera. Pero en 2011 todo cambió. Grupos armados ilegales intentaron reclutar a su hermano. Ante la amenaza, su padre tomó una decisión urgente: sacarlo de Tumaco. Lo que parecía algo temporal terminó marcando a toda la familia.
Así comenzó un exilio de seis años en Cali.
Lejos de casa, nada fue fácil. Aunque tenían familiares, empezar de cero fue un desafío constante. Su padre pasó casi un año sin trabajo. Su madre iba y venía, incluso regresando a Tumaco en medio del riesgo para conseguir sustento.
Pero lo más difícil no fue solo la falta de dinero. También fue el rechazo.
“No les arrendamos a tumaqueños”.
Esa frase se repitió más de una vez. Por venir de Tumaco, por ser afrodescendientes. La discriminación fue empujándolos, poco a poco, a tomar otra decisión difícil: regresar.
El retorno no fue inmediato. Fue lento, con miedo, midiendo cada paso. Yolima fue de las primeras en volver, pero la tranquilidad no regresó con ella. Le costaba dormir. Sentía que la vigilaban. Evitaba salir.
Volver tampoco significó tenerlo todo.
No había camas, ni utensilios, ni certezas. Solo redes de apoyo: amigas, familia, pequeños gestos que hacían posible resistir un día más.
En medio de todo, Yolima aprendió algo que hoy la define: el rebusque.
Hacer lo que sea necesario para salir adelante. Cocinar, vender, crear. Su creatividad encontró un espacio en las redes sociales, donde comparte recetas del Pacífico, su cotidianidad y momentos con su pareja. Es una forma de expresión, pero también una manera de influir en otros.
Sin embargo, uno de los cambios más profundos en su vida no vino del trabajo.
Vino de encontrarse con otras personas.
A través de su organización de base, Mujeres Soñadoras, empezó a participar en procesos de formación impulsados por el Consejo Danés para Refugiados, con el apoyo del Fondo Multidonante de las Naciones Unidas para la Paz.
Lo que encontró allí fue más que conocimiento.
Fue aire.
“Esto me hizo respirar”, dice.
En los talleres no solo aprendió sobre riesgos y protección en contextos afectados por artefactos explosivos. También empezó a mirarse distinto. A cuestionarse. A entender sus emociones y sus relaciones.
Uno de los cambios más grandes ocurrió en su relación de pareja.
Antes, le costaba aceptar la forma de ser de su compañero, a quien describe como sensible y tranquilo. En esos espacios entendió algo que le transformó la manera de ver: “los hombres pueden llorar, pueden ser frágiles”.
Ese aprendizaje cambió su forma de relacionarse.
“Bajé las armas”, dice.
Y en ese gesto hay mucho más que una frase. Hay un proceso interno. Una forma de volver a sentirse en paz, más segura, más en equilibrio.
Pero la transformación no se quedó en lo personal.
También encontró su voz.
En los espacios de formación empezó a hablar, a participar, a confiar. “Salgo segura de que puedo hablar, y puedo hablar sin miedo”.
Hoy no solo participa: comparte, replica, transmite. En su comunidad y en sus redes sociales, convierte lo aprendido en mensajes, en reflexiones, en puentes entre lo técnico y la vida diaria.
Yolima, que un día sintió que no podía quedarse en casa por miedo, hoy se proyecta hacia el futuro con claridad.
Quiere crecer en redes sociales, generar ingresos dignos, seguir aportando a su comunidad.
Pero, sobre todo, ha recuperado algo esencial.
La posibilidad de vivir sin miedo.
En un territorio donde el conflicto ha dejado huellas profundas, su historia recuerda algo simple y poderoso: la paz también se construye en lo cotidiano. En una conversación, en un aprendizaje, en una decisión.
En quedarse.
En transformarse.
En volver a respirar.